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Literatura

Pintar el dolor

Por Cyrano Adrián
Miembro del Taller de Escritores de Asmedas Antioquia
zapato39@gmail.com

Escribió:

… Yo a la tristeza no la amaba, a las penas las apaleaba tanto como ellas a mí.  Las golpeaba para que se aburrieran y se fueran, o me iba yo.

Ahora me llovía por dentro, y desbordaba por los ojos.

Lo dijo un hombre que escribió más de 20 buenos libros, y que amaba la soledad.

Escribí y leí en el taller:

En tardes como ésta, en que me duele el amado hondo la vida, la soledad, la fatiga, los libros, la mirada y la saliva, más me duele el amado silencio, lleno del imaginario timbre, hermoso y recio, plagado de arpegios de guitarra; me gustaría morirme ahora o irme lejos, no volver jamás.

Era un hombre alto, más bien grueso, de pausadas maneras, de pocas sonrisas y muchos silencios.  Viajando en su interior.  De pocos consejos, queriendo que no me pareciera a nadie sino a mí mismo.  Dejándome hacer y empujándome a que escribiera.  Resintió mi dejadez, mi falta de tesón, mi cabeza volandera para fijar un tema.

Y lo sorprendí gratamente cuando escribí largo, más de diez cuartillas, sobre historias de familia.  Yo que siempre aparecía en el taller de escritores con divertidas viñetas, reflexiones o cortas descripciones siempre inconclusas; y me ganaba bien ganados sus regaños.

Aprendí a quererlo como a mi padre, recio y todo.

Discutimos.  Con rabia y todo, no me corrí del taller por un semestre, y el reto de aparecer cada ocho días con un texto nuevo o renovado, lo cumplí.  Como a una penitencia que al final fue grata y mucho.

Un día ya no volví más.  Vivimos de contradicciones.  Aunque nos encontramos seguido en sus libros.  Porque leer es conversar con alguien muerto.  La mayoría de las veces.

Describir bien, ponerle color a la vida, es la meta, nos decía.  Y escribió:

“La ira es bermeja, el miedo blanco, la esperanza verde, la espera negra, la risa rosea, el ensueño azul, el tedio amarillo y el olvido gris”.

Y escribí, y leí, y le gustó:

“No vale la pena vivirla, ni contarla, si no nos duele, si no nos toca, unas lágrimas, una mano extendida, una queja de cualquier ser vivo.  Diríase que el dolor es el color principal que pinta la vida, y a fe que es cierto.  Vincent Van Gohg, Mario Escobar, sí que lo sabían.  Y lograron plasmarlo en sus obras.  El pintor en sus Cartas a Theo, su hermano dios, y en sus cuadros desgarrados de color y luminosidad.  Mario en sus libros, y en sus dolorosas reflexiones.  La vida plana, sin sentimientos, sin color, no sabe a nada.  Y en el ser humano, desde el nacer, el sentimiento predominante es el dolor.  Para sentirlo sí que nacemos bien dotados, con millones de receptores especializados cuya extrema percepción convierte todo en dolor.

Por eso, hasta la belleza que es del alma, como decía Mario, a veces nos duele.

Adiós, maestro sensitivo.

 

 
 
     
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