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en el proceso de
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. Informe Especial.
Jornada Panamericana
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Luz María Agudelo,
Secretaria de Salud
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. Un pacto, el trabajo
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. Profe, ¿cómo puedo
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. En Colombia,
financieras y
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Domingo.
Jubilados


. Escaperos en el
hipermercado
Callada presencia
Parte I


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. 3 de diciembre,
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. Se hace justicia
con los empleados
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. Asociación Antioqueña
de Historia de la
Medicina reinicia
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seccionales y
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un asmedista


. Tres pérdidas
irreparables para
el gremio médico de
Antioquia:
Gustavo Molina y
Gustavo Fernández


. Grafismos.
Resumen de 2008


. Contraportada

. Poema

 
     
 

Callada presencia

Escaperos en el hipermercado
(Parte I)







Por médico Emilio Alberto Restrepo B.
Ginecoobstetra
Miembro Taller de Escritores de Asmedas Antioquia
emiliorestrepo@gmail.com

Claro que si lo vemos con los ojos del siglo XXI, nos puede parecer fantasía o simplemente anecdótico, cuando no inverosímil.  Los robos en los supermercados son el pan nuestro de cada día, explican un porcentaje muy alto de las pérdidas del negocio, mantienen toda una red de bandas conocidos como “Escaperos”, que se dedican a este oficio para luego revender en las tiendas de barrio y es la principal causa de amenazas y muerte para los empleados que, a diario, se enfrentan a combos supremamente hábiles y entrenados, con sangre fría y sin escrúpulos, con conexiones en la policía y con abogados que los defienden para salir de inmediato, incluso cuando son cogidos en el acto, a seguir nuevamente delinquiendo en otro sitio, pues la rotación es la clave para desconcertar y pasar más desapercibidos.

Y este capítulo incluye también desde el tranquilo señor que consume un yogurt o una cerveza mientras hace sus compras, como el que lee una revista y recorta una página para guardar un dato, hasta el niño que destapa un paquete de golosinas o el que saca un disco compacto para ensayarlo en su reproductor portátil y no lo devuelve al salir; todo lo anterior sin pagar, por supuesto.  Caso aparte es el de los cleptómanos por compulsión enfermiza, no con motivación delincuencial pues, usualmente, son personas prestantes de estrato social superior, profesionales de altos ingresos que no pueden reprimir el vértigo de robar a sabiendas de ser vigilados, ya que necesitan el baño de adrenalina para vivir y llamar de alguna manera la atención.  Esto se considera un trastorno de tipo psiquiátrico.

Los almacenes se han inventado todo tipo de estrategias.  Vigilancia abierta o encubierta.  Personas que fingen cuidar el parqueadero, o estar mercando o ser mendigos.  Cámaras de circuito cerrado de todo tipo, filmaciones, grupos que actúan de incógnito como autodefensa, abogados que acusan, estoperoles de seguridad pegados a los productos, alarmas y detectores a la salida, marca de las facturas.  Pero hecha la ley, hecha la trampa, y los rufianes se inventan una estrategia que supera el escollo y siguen coronando y surtiendo a sus reducidores.

Y los vigilantes tienen que sortear a esta peste.  Los tienen referenciados en fotos, galerías enteras de toda ralea de alimañas, hombres mujeres, jóvenes y viejos, de todo tipo y condición.  Y no se pueden equivocar.  Si a un capturado no le encuentran mercancía en su cuerpo, le cuesta al empleado equivocado la expulsión del trabajo y se puede ganar una demanda y todo tipo de amenazas.  Y si lo encuentran cargado, hasta peor, pues el pillo nunca está solo, lo intimida y hay muchos casos de homicidio por retaliaciones de este tipo, ya que el implicado a las pocas horas está nuevamente en las calles, a pesar de ser muchas veces reincidente.

Señoras que llegan con pantalón forrado estilo “chicle” y camiseta ancha hasta la mitad del muslo, inmediatamente son seguidas por los vigilantes encubiertos.  Lo mismo las señoras embarazadas.  Son los principales sospechosos.  El modus operandi es sencillo y basado en la velocidad de sus dedos, en lo pequeño y costoso de los artículos seleccionados y en las advertencias de sus cómplices que, fingiendo comprar, les hacen cortina y les sirven de “campaneros” para avisar oportunamente cuando se presenta algún riesgo de ser sorprendidos.  En fracción de segundos, esconden por debajo de sus camisetas o bajo las faldas anchas, productos como tintas de computador, cuchillas de afeitar, desodorantes finos, licores importados que usualmente son pequeños, compactos y costosos.  Ceñida a sus cuerpos, llevan una especie de faja en la que esconden lo hurtado, sin hacer bultos que los delaten y sin que se les caiga.  Luego, salen tranquilamente como si nada.  Con la aparición de las puntillas de seguridad que tienen muchos de estos productos y que hacen un ruido escandaloso al cruzar las puertas del almacén, ya los pillos se han inventado otra modalidad: tienen el aparato que supuestamente es de uso exclusivo del almacén con el que quitan los pines.  ¿Cómo lo consiguieron?  No se sabe.  Acaso fue que el fabricante rompió el pacto de confidencialidad y realizó varios de más para venderlo a las bandas o un empleado infiltrado sustrajo alguno del stock de la compañía o algún genio criollo diseñó un aparato “hechizo” que imita a la perfección al original y cumple todas sus funciones.  Lo cierto es que le quitan el sonido delator y el rufián se embolsilla o se encaleta en su cuerpo los productos apetecidos como en los viejos tiempos.  Es tan epidémica la situación, que han tenido que implantar una cámara permanente para monitorizar estas secciones.  Si hay faltantes en los inventarios, se les cobra a los encargados de la seguridad del turno en el que ocurrió el desfalco.

Cuando logran conseguirse un tiquete de la factura de pago de máquina registradora que no haya sido señalado con marcador para indicar que ya fue sacada la mercancía del almacén, se anotan otro tanto a su favor: Empiezan a llenar los carritos con exactamente los mismos productos que vienen referenciados en la tirilla, disimulan con un niño muy pequeño dentro del carrito y el cómplice, generalmente una anciana o una embarazada, va metiendo con toda la cautela y sin ninguna prisa los productos dentro de la bolsa del supermercado.  Al finalizar la jornada, tienen varias bolsas en el carrito, dan vueltas cerca de una caja en la que han comprado cualquier chuchería de poco valor, salen por la puerta principal y ahí sí les chequean con marcador el recibo.  Si de pronto el portero es cómplice, no pone ninguna marca y la factura queda lista para ser nuevamente utilizada.  Para no despertar sospechas, muchas veces se las venden a otras bandas por un precio del 10 % del valor de la compra y un nuevo grupo de payasos vuelve a  mercar una o todas las veces que fuera posible, de acuerdo al compinche de la vigilancia en la portería.

(Continuará en la próxima edición)

 

 

 
 
       
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