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Profe, ¿cómo puedo llegar a ser el mejor médico?

Por médico Bernardo Antonio Ledesma G.
Cirujano Ortopedista
bledesma1206@yahoo.es
“Doctor Bernardo Ledesma. Soy Katia Zarza, estudiante de pregrado de Medicina de la Universidad de Antioquia. Acabo de leer este relato suyo y nuevamente me hizo pensar en algo que me carcome cada día desde hace 5 años: ¿cómo puedo ser el mejor médico del mundo?
A través de su relato llego a la idea de lo que siempre ha sido mi meta en medicina, no dejar de ser humano, de sentir el dolor del otro y tener la posibilidad de aliviarlo sin tratar de ser Dios, de ofrecerle a mi paciente lo mejor; algunas veces serán medicamentos, otras veces serán tratamientos de vanguardia, pero espero que la mayoría de las veces sea un poco de mi...
Sólo espero no perder la sensibilidad que me ha regalado la vida ante el sufrimiento del otro, porque dicen que con el tiempo los médicos se vuelven indiferentes, pero personas como usted demuestran que no tiene que ser así porque, sin conocerlo, a través de su relato se percibe que aún conserva ese sentimiento de amor por sus semejantes...
Bueno. También le escribo para decirle que esta historia “Amanecer y ocaso de un niño con parálisis cerebral, publicada en la edición #86 de Momento Médico (diciembre de 2005 – enero de 2006), tocó mi alma y darle las gracias por esta labor de compartir su experiencia, por permitirnos ver la medicina a través de sus ojos.”
Cómo responderle a esta joven estudiante de Medicina una pregunta colmada de esa sinceridad, esa pasión y ese generoso amor por nuestra noble, pero ahora tan profanada, profesión médica. Con su carta, esta estudiante me llevó a rememorar esa época de incertidumbres y de angustias que yo también experimenté cuando fui estudiante de Medicina y más tarde cuando, en el año rural en mi pueblo Fredonia, me correspondió enfrentarme a tantas imágenes desgarradoras y a situaciones de penuria extrema de mis congéneres en las que, recién egresado de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia, con todos mis conocimientos fresquitos, convencido de cuál era la solución más apropiada para tratar a un paciente con una patología que requería remisión a un hospital más especializado, me sentía impotente y comprometido con una frase que muchos de nuestros campesinos pronunciaban en esa época en que todavía el enfermo percibía al médico con ese carisma divino: ”Después de Dios, usté dotor”. Ante la imposibilidad de viajar a la ciudad a buscar una atención más especializada, depositaban toda la fe en mis noveles conocimientos. Yo, en medio de mi angustia, trataba muchas de las veces infructuosamente de convencerlos para que aceptaran la remisión a otro lugar, explicándoles que existían sitios más especializados y personas más preparadas que yo para realizar un tratamiento e, incluso, salvar su vida o las de sus hijos. Y pensar que hoy, después de más de 30 años, todavía persisten en muchos de nuestros hospitales rurales situaciones similares.
Para hacer un análisis objetivo sobre la eterna pregunta de la estudiante de Medicina, he recurrido a recordar algunos principios de ética médica, ya muy trillados en los diferentes artículos escritos sobre este tema, pero que ubicaremos en esta época caracterizada por el auge de la medicina intervencionista, lógicamente impuesta por los grandes avances tecnológicos, del influjo de la industria farmacéutica y la innegable comercialización de nuestra profesión.
Mucho se ha escrito sobre la responsabilidad, la idoneidad y la ética médica, pero de todos los escritos que he leído, recuerdo con especial interés el del doctor Robert Salter, en su obra clásica “Trastornos y lesiones del sistema músculo esquelético”, cuya primera edición se publicó hace ya más de 30 años. Esta obra me impactó desde que inicié mis estudios de ortopedia y traumatología porque, a pesar de que era un libro más bien técnico, dirigido sobre todo a la subespecialidad en ortopedia, le dedicaba varias páginas al tema de la responsabilidad y la ética médica.
Si bien muchos de los procedimientos tecnológicos y pautas de tratamiento descritos en este clásico de la ortopedia mundial están en la actualidad revaluados, los principios filosóficos y éticos descritos en esta famosa obra, cada vez cobran más actualidad pues se trata, ante todo, del respeto por el ser humano y por la defensa de la calidad de la atención que el medico debe proporcionarle a sus congéneres olvidando los intereses materialistas, comerciales, políticos, raciales y religiosos, en defensa, ante todo, de la dignidad del médico y de su objetivo primordial, el enfermo.
En la ya legendaria obra, Salter enumera 6 principios que define como las verdades fundamentales que debe saber todo médico, porque nos proporcionan bases sólidas para razonar y guías para actuar teniendo como fundamento las que él denomina “Leyes del comportamiento de los tejidos orgánicos y leyes del comportamiento humano”, las cuales, anota, deben ser siempre respetadas. Estos principios son los siguientes:
1.- NO HACER DAÑO.
Define a la Enfermedad Iatrogénica como un proceso dañino producido involuntaria e inadvertidamente por el médico o cirujano. Al iniciar un método de tratamiento, el médico está obligado a analizar su eventual efecto beneficioso, sobre su posibilidad perjudicial. Para un paciente es una calamidad sentirse peor con el tratamiento, que antes de él. El influjo del actual sistema de salud, en el que muchos médicos, presionados por las paupérrimas condiciones de trabajo, olvidan su compromiso social y humanitario, trabajando para el plan obligatorio de salud, donde la sincera reflexión de la estudiante de medicina puede ser relegada a un segundo plano, encontrándose tentado a mejorar sus bajos ingresos a costa de procedimientos de dudoso resultado. A veces escuchamos frases como: “Es más peligroso que un cirujano con la cuota del carro vencida”, “opera hasta quistes de histolítica”, expresiones funestamente chistosas, pero tristemente reales.
(Continuará en la próxima edición).

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