| |
Un pacto, el trabajo y la decencia

(Discurso del Presidente de Asmedas, doctor Carlos Alberto Giraldo Giraldo, durante el acto oficial de la Firma del Pacto por el Trabajo Decente, realizado el 3 de diciembre de 2008, Día Panamericano del Médico, en el Aula Múltiple del Edificio San Ignacio de la Universidad de Antioquia)
Hoy, 3 de diciembre, es un día muy especial. Nos hemos reunido en la celebración del Día del Médico para rubricar el Pacto por el Trabajo Decente. Si bien se trata de un pacto entre los médicos, representados por su organización, y las personas que ocupan cargos de dirección que tienen que ver con su trabajo, no quiere decir que el único trabajo que se ha vuelto indecente es el trabajo de los médicos. Tampoco queremos plantearlo como una consigna exclusiva: le pertenece a todos los médicos, pero también a los demás trabajadores de la salud y a los trabajadores en general. Entre más envilecido el trabajo, mayor la pertinencia de la consigna. En esta ocasión hacemos énfasis en el trabajo médico por tratarse de la culminación de la celebración del Cincuentenario de la Asociación Sindical de los Médicos, pero es también el lanzamiento de un reto a los demás trabajadores del sector de la salud.
Son tres los términos: el pacto, el trabajo y la decencia. No los voy a desarrollar todos. Voy a hacer una alusión al pacto, me voy a detener en el trabajo porque me parece el aspecto central y no me voy a referir a la decencia por respeto a la brevedad y porque siento pudor de hacer de la decencia una consigna.
Proponer y suscribir un pacto es un gesto del mayor calado social y político. En una sociedad tan polarizada y con una pugnacidad exacerbada, llegar a un acuerdo sobre un asunto socialmente sensible produce un mensaje de esperanza. Es construir un campo común para recuperar el contradictor al campo de la política y posibilitar acuerdos entre actores asimétricos. En tiempos de ideologías exaltadas, a nombre de ortodoxias políticas, es un esfuerzo inaplazable.
La condición inicial en la búsqueda de los acuerdos es el reconocimiento, condición que tiene, a la vez, un sentido político y moral y para el que Jorge Giraldo en escrito reciente1 le reconoce tres vías: una como argumentación comunitarista, otra como argumentación discursiva, una más como argumentación pragmática. Las tres contribuyen en la búsqueda de términos razonables y probables para el entendimiento. Desde la perspectiva comunitarista, al interlocutor nunca se ubicará en un más allá moral, lo que quiere decir que las conversaciones no se dan entre los buenos y los malos o entre los ignorantes y los doctos, como condición indispensable para generar solidaridad entre las partes. En la ética del discurso, el reconocimiento es indispensable para el logro de soluciones intersubjetivas y para la consecución de una comunidad de comunicación, indispensable para la participación. Desde el punto de vista pragmático, el reconocimiento es deseable porque incorpora al reconocido en dinámicas de reciprocidad. Si bien este planteo se hace al calor de la suscripción de un acuerdo, es dable pensar que, además de un acuerdo como punto de partida, se debe introducir el criterio de que las relaciones laborales son una sumatoria de microacuerdos más o menos exitosos que constituyen el clima laboral. Su devenir tiene como supuesto básico la afirmación de la humanidad común que nos une aún con aquellos que nos despiertan la peor animadversión y la defensa de la igualdad moral de los interlocutores: El borramiento del límite entre la comunidad de los que dirigen y la comunidad de los subordinados en el sentido de la humanidad y en el sentido de la moral.
El otro elemento del tema es el trabajo; en él deseo hacer el mayor énfasis. Para eso, me baso en Libardo Sarmiento y su escrito “Centralidad del trabajo y creación”2. Para él, es necesario pensar el trabajo más allá que como medio de subsistencia y en razón de lo cual hay que estar agradecido de tenerlo. El trabajo compromete todo el ser de las y los trabajadores en un acto de re-creación. Es un espacio de humanización. Si bien esto es pensable en aquel trabajo en el que se da la transformación de la materia prima, con mayor razón cuando a alguien, en razón de su conocimiento y de su apuesta moral, recibe la delegación del cuidado de la salud y de sacarle vida a la muerte. Este trabajo es el encuentro de alguien que sufre y un médico, cuyo efecto es la transformación mutua en la dirección de construcción de humanidad. El trabajo hay que entenderlo como paradigma de toda producción y fuente de todo valor. Más hoy cuando el capital ya no tiene rostro. Transita indeterminado sin rumbo cosificando todo lo que coge, aún a los trabajadores.
Desde el punto de vista filosófico, el trabajo tiene un carácter fundante, societal, holístico y complejo. Una actividad en la que las personas se crean a sí mismas y llegan a ser lo que son. Esta auto creación no sucede súbitamente sino en las condiciones de una permanente interacción con otras personas y con la naturaleza. La persona crea su propia naturaleza por su trabajo, y esta naturaleza no es fija sino cambiante en la medida que resulta de su actividad creativa de autorrealización.
Ilusoriamente se confía en que si hay más dinero para atender los enfermos mejora la salud; fantasiosamente se cree que si se dispone de más tecnología todo irá mejor para los enfermos. La condición esencial es la dignificación del trabajo del médico como auto creación permanente y producción de humanidad, lo que hace que se le agregue humanidad al sufrimiento y se le sustraiga vida a la muerte. Cuando estoy haciendo estos planteamientos, no sólo pretendo darle contenido al pacto que estamos sellando hoy; también estoy llamando a los administradores y empresarios de la salud para que entiendan que cada vez que menguan la dignidad del médico, menguan también la dignidad del paciente, envilecen la relación médico-paciente, todo ello en desmedro de la empresa de la salud; a los colegas para que hagan un pacto interno por el trabajo decente y recuperen la imagen interna empobrecida de su hacer profesional; y a las organizaciones que hablan a nombre de los médicos pero que, desde una posición de identificación con la adversidad, hacen fila del lado de aquellos que envilecen el trabajo propiciando las distintas formas de tercerización laboral y que, incluso, contrario al espíritu de nuestra Constitución, están proponiendo, en alianza con el Ministerio de la Protección Social, que al médico pueda sustraérsele del ejercicio profesional con la argucia de la recertificación.
Espero, con lo dicho, ahorrarme la justificación de la necesidad de la decencia y hago votos porque la eficacia simbólica de este acto contribuya a disuadir las prácticas laborales denigrantes que florecen en el trabajo de los médicos.
1. Giraldo Ramírez Jorge. Guerra Postmoderna: de tiranos y piratas. Periódico Alma Mater. Edición 571
2. Sarmiento Anzola, Libardo. Vendimia. Biopolítica y ecosocialismo. Ediciones desde abajo, Bogotá, 2002

|
|