Literatura
En la finca

Por médico Vital Balthazar González
Pediatra Endocrinólogo
El sitio era maravilloso. Daba la impresión de que fuera para el descanso. No quedaba lejos de la gran ciudad y no tenía ningún parecido con las grandes moles de cemento.
La casa principal era grande y acogedora. La sala, como sitio de reunión familiar, tenía muebles de varias generaciones atrás que invitaban al reposo permanente, a la lectura, a oír música, a contemplar a través de las ventanas el paisaje siempre verde y a ver pasar a las diferentes clases de pájaros que, en ciertos momentos, detenían su vuelo para oír, ellos también, la música; se quedaban quietos, extasiados, quién sabe si aprendiendo para luego repetir o confirmando que había otros que los imitaban. Las flores repartidas en el jardín y algunos arbustos de tipo ornamental simulaban un cuadro del mejor arte pictórico.
Había senderos para disfrutar caminando o haciendo estaciones para leer. El clima era ideal y el viento suave era un ángel de la guarda.
Los dueños habían heredado de sus padres el sitio y éste cargaba muchos años de belleza, reposo y recogimiento.
Para conservar ese mini paraíso, los dueños habían contratado una pareja que hacía los oficios de mayordomo. Tenían un niño de cinco años que cada día despertaba cuando los gallos iniciaban su sirena de saludo; su afán era para poder acompañar y ayudarle al padre en sus labores, siempre al pie de él. Descansaba cuando su padre lo hacía y emprendía la misma tarea cuando éste la reiniciaba. Era hermoso ver esa pareja arando la tierra, sembrando plantas, arreglando las flores o regando agua.
Los dueños iban de visita, cada semana, y tenían un hijo de la misma edad del principiante labrador. Como se acercaba la Navidad, esa tarde el hijo visitante llegó con la inquietud de hacer la carta al Niño Dios y le explicaba la necesidad de pedir los regalos para la fecha de la alegría.
Al estar solos, decidieron lo que iban a pedir. Cuando le tocó al niño campesino decir su deseo, sin titubear dijo:
-Yo voy a pedirle un azadón.
Medellín 12 de marzo de 2009
Los Hijos de Orión
“Mientras el viudo Orión caza en el cielo…”,
“con todo éxito se desarrolla la operación de limpieza
en la Comuna 13…”

Por médico José Fernando Vélez L.
Miembro Taller del Escritores de Asmedas Antioquia
Con la cara asustada, y la huidiza mirada de un ratón, pillado fuera de su madriguera, los pelos erizados y un temblor recorriendo todo su cuerpo. Córrete acá… córrete allá –ni sabe a dónde huir– mientras por dentro, el tam tam del corazón, sudor frió en el rostro, quieto el estómago, caliente el cerebro.
Miradas de sorpresa, más susto, alegría, y cruzando por entre la gente, hace un campito y se sienta, de espaldas, al lado de ella, justo en frente mío.
En la semipenumbra (beso, abrazo, caricia tierna en el rostro).
– ¡Ay mi amor, si supieras!
– Pero, ¿por qué te fuiste?
– ¿Cómo que por qué me fui? ¿Vos no viste cómo estaban las cosas de calientes? A todos se los llevaron, de ninguno se volvió a saber, me tenía que ir.
- Y a vos ¿qué te pasó?
– Igual, me tuve que ir, la vecina me dijo que habían preguntado por mí y mejor me fui a donde mi tía en La Tablaza, nadie la conoce y, como a mi amiga Lucía se le habían llevado en esa semana, mejor no esperé.
Pero, ¿y entonces, los niños qué?
Pues se los dejé a mi mamá que los cuidara, y al final, como ella ya casi no ve, se quedó con Felipe y llevó a Luisita con la abuela, y al bebé con tu tía Josefina.
Y los has vuelto a ver?
No, apenas hoy me decidí a subir; tenía miedo hasta de llamar, pero me contaron que la tía Josefina se murió y mi mamá está hospitalizada, se le subió la presión.
¡Hay parce! ¿Y entonces?
Y no sé, vamos a ver, por eso volví pero, y vos ¿dónde estabas?
No, mija, primero me fui a Liborina a donde mi primero Pedro, pero allá nos tocó aguantar mucha hambre, el invierno dañó las cosechas y no dejan bajar al pueblo a mercar. Después nos fuimos a San Roque, allá nos mandaron comida y algo de billete. Lo malo fue que me puse a pensar que si me quedaba, no volvería a (saber) ver a los niños y anoche me les volé.
Es viernes, el bus atestado de gente cansada y sudorosa sube por la calle del cuarto evangelista de Medellín, muy transitada y bulliciosa a esa hora.
Vuelvo a casa después de 12 horas de trabajo y aquí me debo bajar. Mi corazón queda con ellos.
Poemas
Pronto me echarán del trabajo
Ya no sé a dónde ir
A quienes algo pueden hacer he recurrido
pero las respuestas son parciales
los resultados siempre fragmentarios
Sigo igual Yo mismo con mi situación
No me preocupa mucho qué será de mí
a la postre lo sé
sino qué es de mí en estos momentos
qué es de todos nosotros
Verdad Qué pasará con todos nosotros
que no nos reunimos con nuestros fragmentos
y construimos un todo
Conversación a la salida de la fábrica
Pero este año
en cambio
haremos lo mismo
Sí
Continuar haciendo lo mismo
generaciones tras generaciones
20 años son mucho
50 más
y más de 50 una eternidad
Esta vida no cambia
Moriremos y todo seguirá igual
Cuando alguien me recuerda que hubo milenios detrás de nosotros
y que en ellos hubo gentes con preocupaciones similares
y que a pesar de todo las cosas sí han estado cambiando
hacia un poco más de comodidad para nosotros
y una mayor riqueza para ellos
me pregunto qué es la historia
o si en verdad estos cambios sí son cambios
o qué es lo que realmente existe
o qué es lo que nos queda después de quemar los fantasmas
con que nos engañaron todo el tiempo
Y qué es entonces lo que debemos hacer
y cuándo debemos empezar

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