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Callada presencia

De cadáveres exquisitos y otros fiambres





Por médico Emilio Alberto Restrepo B.
Ginecoobstetra
Miembro Taller de Escritores Asmedas Antioquia

Acaba de morir el indefinible Michael Jackson y hoy estamos atiborrados, literalmente acribillados, de noticias, recuerdos, especiales y añoranzas que tratan de reivindicar la enorme pérdida que ha representado para la humanidad su partida.  Al parecer, quedará difícil continuar la marcha por el mundo sin su presencia, sin su aporte.  Ya lo decían los abuelos: “No hay muerto malo ni niño feo”.  Parece que el féretro tiene la enorme virtud de diluir los recuerdos, de suavizar la memoria, de pasteurizar la imagen.  A partir del colapso todo es ideal, todo es perfecto, todo es inmaculado.  Nada de ensuciar la historia con pecados, con debilidades, con aberraciones.

Y es que hay que entender que Jackson es uno más de los cadáveres exquisitos con los que cada cinco o diez años el imaginario colectivo se vuelca a la idealización, al reforzamiento masivo de la necesidad perentoria de ídolos, aunque sea con pies de barro.  La sociedad necesita íconos.  Si no los tiene, los crea.  Si tienen talento, los potencia.  Si tienen defectos execrables, los matiza.  Si caen en la perdición, la perspectiva del tiempo, sobretodo si es más allá de la muerte, los despercude, los llena de brillo, limpia de la superficie de su imagen todo el estiércol, toda la podredumbre, todo lo que se acerque a reconvertirlos en humanos con altas y bajas, con caídas y resbalones, con debilidades y contradicciones.  Son demasiado grandes para ser como nosotros.  Los necesitamos perfectos para que se diferencien de nosotros, tienen que ser como los ángeles para poder mirarlos en el pedestal de nuestros sueños, ansiedades y frustraciones porque, qué gracia tiene endiosar a alguien como nosotros, que suda, siente miedo, va al baño, hiede de mediocridad y de inseguridad y patina en el pantano de una vida cotidiana que sabe cruel, difícil y sin ninguna expectativa para afianzar lo que alguna vez moldeamos en nuestros delirios de ciudadanos del montón con ego de superestrellas incomprendidas.

“Vive rápido, muere joven y deja un bello cadáver”, dijo unos de los más representativos entre los cadáveres exquisitos que en el Olimpo son, James Dean.  Entendía que, sin una carrera de vértigo, apenas tan corta para no cometer errores que los hicieran aparentes y los pusieran en evidencia, con una muerte inesperada que truncara una trayectoria en ascenso, se creaba una expectativa sobre lo que pudo ser y no fue, sobre la grandeza que se desperdició por culpa del destino, sobre toda la obra que pudo haber sido y no fue.

Todavía los fanáticos se conduelen de lo que pudo haber hecho Nino Bravo si no se hubiera desportillado contra otro auto a los 27 años en pleno furor de su carrera.  No se les ocurre pensar que hubiera podido caer en la decadencia y en el olvido en vida –de lo cual están preservados nuestros cadáveres exquisitos, acaso la más dolorosa de las indiferencias y el peor de los castigos para un artista- y que hoy probablemente andaría viejo y gordo por los pueblos, vendiendo su espectáculo de nostalgia a cambio de centavos como tantos otros dinosaurios de su generación, hoy refugiados en el alcoholismo, en el alzheimer, en la frustración, mientras viven del recuerdo cochambroso de sus pre diluvianos días de gloria, olvidados por todos, por no haber cometido la impertinencia de morirse antes de tiempo, en el cenit de su producción.

Y no es sino ver las cifras de ventas póstumas de los discos y películas del gran Elvis Presley, las peregrinaciones a Graceland para entender algo del fenómeno.  Ya no es la mole de 150 kilos y multiadicto que se empacaba 100 pastillas diarias, hacía pactos non-santos con la CIA, disparaba a los televisores cuando no le gustaba algún programa y golpeaba a las mujeres –mayores y regordetas que le recordaban a su madre- cuando no lograba consumar el sexo que tan generosamente aún le prodigaban, sino que ya se convirtió en un dios en su propio reino, un arcángel de música celestial, un profeta que hasta secta religiosa tiene, sostenida por admiradores que se niegan a olvidarlo.

Lo mismo con Jackson; ya nadie habla de su apetencia desaforada por los niños, acusado incluso de violación y administración de drogas prohibidas para lograr sus abyectos deseos, ni su odio por las mujeres, ni su asco por el contacto con las personas y sus microbios, ni su negación de su identidad de raza y género, ni su paranoia, ni su dismorfofobia que le obligó a hacerse más de 50 intervenciones en su cuerpo.  Hoy sólo hay espacio para la consagración, para el perdón de los pecados, para el despercudido de su aura.  Para eso es un cadáver exquisito.

Por eso, el gran Cortázar (¿Acaso también él un cadáver exquisito?) fabuló en ese cuento maravilloso “Queremos tanto a Glenda”, lo mejor que podía hacer un grupo de fanáticos cuando la gran actriz Glenda Garson anunció su regreso a los estudios, luego de que ellos habían limpiado todos los errores, cortado todos los detalles que mancillaran su imagen, luego de que la habían llevado casi al límite de lo perfecto mediante el encubrimiento y eliminación de los errores en las películas.  Al regresar a la actuación, más vieja, con necesidad de éxito y reconocimiento, es probable que se desdibujara, que se equivocara y ensuciara lo que ya con un enorme esfuerzo se había conseguido encumbrar a un nivel irrepetible.  Entonces tomaron la única decisión, lógica, válida, sensata: la asesinaron.  Al convertirla en un cadáver exquisito, la preservaban de todo error y se preservaban ellos mismos de un atentado a su memoria, a su idolatría, a lo que más idealizaban de ella.

Por ello mismo, tanta veneración por Carlos Gardel y Javier Solís, después de tantos años de muertos.  Su virtud fue que fallecieron relativamente jóvenes, activos, en pleno éxito.  No falta el que asegure que todavía están vivos, que en tal y cual parte los vieron con la identidad cambiada.  Y siguen saliendo discos y su prestigio con los años es cada vez más grande, más alimentado por los buenos deseos y el gran afecto de sus admiradores.

Esa es la ventaja de morir joven: no hay tiempo de cometer muchos errores, de grabar malas canciones o películas perversas o libros peores.  Siempre quedará la especulación de sus fanáticos -siempre benigna y a su favor- para imaginar que la obra iba a ser cada vez más brillante, porque así lo quieren creer.

Y eso lo hemos sentido con las Jotas fatales del rock (Janis Joplin, Jimmi Hendrix, John Lennon, John Boham, Brian Jones, Jim Morrison, Jeff Buckley), con Kurt Cobain, con Michael Hutchence con Sid Vicious y con las súper estrellas que han terminado muertas en forma accidental o trágica como Marilyn Monroe, Heath Ledger, Natalie Word, Kalet Morales, Bruce Lee y su hijo Brandon, como River Phoenix.  Siempre queda la duda de si hubieran seguido siendo grandes y talentosos.  En todo caso, queremos pensar que sí.  Y como masa, como fanáticos, como consumidores, como compradores de sus productos, como rebaño necesitado de ídolos y figuras de adoración en las cuales creer y becerros de oro a los cuales adorar, preferimos decir que sí y erigirles un pedestal.

 

 

 
     
 
       
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