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Ciudad desconocida, enfermedad desconocida
(Parte I)
Por médica Hanna Marisol Henao V.
Estudiante Maestría Antropología Social U. de A.
Recibí el título de médica y cirujana en el 2004, siete años después de haber ingresado a la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia con ‘filantrópicas expectativas’ y ninguna otra opción profesional. Durante esos años, en una academia ortodoxa y de renombre, fui conociendo el desalentador panorama de la práctica médica después de la reforma del sistema de seguridad social colombiano. Cada vez que pensaba en mi futuro laboral me llenaba de espanto. La distancia entre enfermo y médico, enmarcada por aseguradoras, ligas de usuarios y beneficio económico de algunos, eran una constante que hacía ver más lejanos mis ya no tan altruistas deseos.
Después de mi graduación, fui médica de escritorio y de carpetas durante 16 meses en un pueblo del Suroeste antioqueño, lejos de la academia, con dudas éticas y morales cotidianas, casi completamente sola. Tiempo crucial para reflexionar sobre la educación médica, principalmente sobre los desaciertos en mi formación a cerca de los ámbitos psicológico y sociocultural del individuo que enferma, que me hacían desfallecer durante las agotadoras jornadas laborales de 12 ó 36 horas continuas. Tantas quejas y desesperaciones me llevaron a una importante oficina del sector administrativo de la facultad para presentar de manera informal mis reclamos y buscar alguna solución a mi “incompletud profesional sentida”; fui escuchada atentamente y descansé al decir lo que pensaba de la enseñanza de la medicina en el claustro.
Gracias e ese encuentro, meses después recibí una llamada para acudir a una entrevista de trabajo en la Sede de Investigación Universitaria (SIU). Estuve puntual en la oficina del doctor Luis Fernando García Moreno, a quien recordaba con respeto por una clase magistral de linfocito t y complejo mayor de histocompatibilidad que nos había ofrecido en los primeros semestres del pregrado.
Se trataba de visitar familias de personas con tuberculosis pulmonar en el Valle de Aburrá, principalmente en los suburbios. Nunca había conocido una persona con tuberculosis; lo único que recordaba de esa enfermedad es que aparecía frecuentemente entre los pacientes con VIH/SIDA y que la hemoptisis era un signo importante. Mientras yo miraba por la ventana del cuarto piso las calles de la ciudad que no conocía, aunque llevaba viviendo 26 años en ella, él me propuso enamorarme de la tuberculosis para siempre. En una semana estaba firmando un contrato por un año, como prestadora de servicios a la Universidad de Antioquia.
Mi función apuntaba a diagnosticar tuberculosis pulmonar y extrapulmonar entre los convivientes, desde hace tres años es el principal objetivo para el grupo de investigación en el que trabajo. Sin embargo esto terminó siendo una disculpa para conversar con la gente abiertamente sobre casi todo, sus condiciones de salud y enfermedad, establecer consensos sobre las indicaciones de su terapia o modelo de prevención. Siento que estoy conociendo el camino del médico de antes, el médico de la familia al que se le confiaban las penas y los dolores, las vergüenzas y valores. El médico que no se hace contrincante del paciente, que lo escucha para entenderlo y que se apoya en los seres queridos. El médico que reconoce la importancia de las creencias en la vida de los otros y de sí mismo, que respeta la diferencia que encuentra a su paso.
El acercamiento a los espacios de la tuberculosis me amplió el panorama que tenía, no sólo de esa enfermedad, sino de la práctica profesional que hasta ese momento había conocido. Las bondades de atender a una persona en la sala de su casa, tomarse un café, revisarlo en su cama, conocer de primera mano sus hábitos, gustos, intereses personales, me ha llevado a desaprender la actitud petulante de algunos maestros de hospital y recordar, cada vez con más cariño, a aquellos que desdeñaban el médico que además de “hablar en clave”, es sordo.
Un médico impecable, preferiblemente hombre y que parezca tener experiencia, que ojalá luzca el cabello cano y vista de manera elegante, para establecer con él una relación basada en la confianza. “Un médico bueno es el que manda exámenes y droga buena y cara, que lo examina con cuidado a uno y que mejor si es bien querido, pero si no… pues a todo se acostumbra uno”. Es el estereotipo del “médico bueno”, con el que tengo serias discrepancias y al cual me tengo que acomodar por lo menos en la primera impresión: el primer día que me presento ante una familia llevo a cabo una puesta en escena que he ido mejorando, ahora hasta aretes uso.
Mes tras mes, fuimos conociendo barrios, callejones, oficios, viviendas, conflictos familiares. Nos tomó mucho tiempo acercarnos a sus preocupaciones e intereses y a un lenguaje que facilitó paulatinamente el establecimiento, no sólo de una comunicación efectiva sino, también, de fuertes lazos de amistad con algunos de los ‘convivientes’.
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