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Seguimos en Guerra...
El no afrontar los hechos tales
como son y hacernos, por tanto,
falsas ilusiones, no conduce a
nada bueno. Hay que enfrentar
la realidad, por dura que ella
sea, y esa realidad no es nueva.
Larvada o abiertamente,
la hemos estado viviendo los
colombianos por siglos. Con
breves interregnos de calma
relativa y con brotes epidémicos
como el que vivimos del 48 al
56 y el que estamos viviendo
ahora; en Colombia la guerra
ha sido endémica. España nos
conquistó a sangre y fuego, y
nos impuso violentamente su
dominio económico, su lengua
y su religión.
Nos libertamos de España, también
violentamente, para poder
manejar nuestros asuntos. Se
disolvió la Gran Colombia por
los intereses económicos de los
que la conformábamos. Hicimos
las guerras civiles tratando
de que el poder, las tierras, los
ingresos, la libertad y la justicia
fueran mejor repartidos. Tuvimos
períodos de resignación,
de dominio absoluto de las
capas superiores, de “patria
boba”. Pero, por más que nos
quisimos aislar, los conflictos
ideológicos, políticos y económicos
del mundo llegaron hasta
nosotros. Las ideas foráneas
del conservatismo, del liberalismo
y del socialismo agitaron las
mentes de los de arriba y de los
de abajo. Lo subjetivo prendió
en terrenos objetivos abonados
por el hambre y la miseria.
¿Por qué? Porque en donde no
hay justicia no puede, ni debe haber paz. Porque en donde
no se respetan los más elementales
derechos humanos: el
derecho a la vida, a la libertad,
al trabajo, a la alimentación y
a la justicia social, no existe,
ni puede, ni debe existir paz.
La resignación, la paciencia, el“aguante” de los pueblos, tiene
siempre un límite.
No hay necesidad de apelar a
Marx y basta leer a Cervantes
para saber que mientras exista
la tajante división entre los que
tienen y quieren tener más, y
los que no tienen, el mundo
no estará tranquilo. Y que
los conflictos sociales, aquí y
en todas partes, a través de
la historia de la humanidad,
tienen una base económica, a
veces clara, a veces oscura,
pero siempre descubrible a
la larga.
¿De qué nos quejamos? ¿De
que la historia se mueva en
nuestro país? ¿De que aquí
también los conflictos mundiales
nos afecten? ¿Queríamos
seguir viviendo en paraísos
artificiales?
Si no afrontamos con valor
y claridad estas duras realidades
y continuamos con la
ilusión de inmovilismo y el
no cambio, sin realizar las
profundas transformaciones
estructurales económicas que
estamos necesitando, el conflicto
seguirá causando el que
nos matemos los unos a los
otros, tan estúpidamente como
lo hemos venido haciendo
durante siglos.” Héctor Abad Gómez, 1987 |
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