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Jubilados
El viejo Lolo
Parte II

Por médico Roberto López Campo
Miembro del Taller de Escritores de Asmedas
Un buen día me regaló una ternera, bruna, casi negra.
--¿Qué nombre le vas a dar? –me preguntó.
No sé si por sarcasmo o por el mismo afecto que le profesaba, rápidamente le respondí: ¡La llamaré Lola!, haciendo alusión a su nombre familiar.
Su sorpresa fue mayúscula, se le blanquearon sus ojos y una nueva sonrisa apareció en su rostro. Festejó con entusiasmo mi atrevida picardía.
Pocos años después, recorrimos juntos la finca de su propiedad, que ahora se había triplicado en extensión, cuando compró a unos vecinos varias cuadras. Un lago artificial, alimentado por dos pequeños riachuelos, servía para saciar la sed del ganado y las bestias. En invierno, cuando las lluvias caían a torrente, aumentaba su volumen; en verano, cuando las aguas se retiraban un poco de las orillas, una arena pantanosa servía de deleite a los patos silvestres y a las garzas que, enardecidos, hundían sus picos en el cieno circundante. Las pequeñas sabaletas y barbules, habituales habitantes del lago, fueron víctima, en más de una ocasión, de nuestras ínfulas de pescadores. Gozábamos sintiendo en nuestras manos la tensión del cordel, al extremo del cual saltaba, en sus esfuerzos para liberarse, el angustiado pececillo.
Con su marcha paquidérmica, pero seguro en sus pisadas, desandaba sus rutinarios pasos del corral a la casa, cargando una herramienta sobre sus hombros, mientras que en sus espaldas se terciaba un racimo de plátanos verdes. En otras ocasiones, su carga consistía en un gajo de fornidas yucas que degustábamos acompañando a un buen pedazo de carne salada o a nuestras víctimas del lago.
Los días sábados solía madrugar, más que de costumbre, ensillaba su caballo y una mula, y partía rumbo a la estación del ferrocarril. En el comisariato, una especie de mercado de la compañía bananera, se aviaba de comestibles diversos, herramientas de labranza y semillas para la siembra, que se adquirían allí a menor precio.
La mula retornaba a la casa con la carga terciada sobre sus lomos, sudorosa y sedienta, en horas del medio día. Pocos pasos detrás, el viejo Lolo, en su alazán de bella estampa, nos llevaba golosinas y el periódico del día, así como revistas de historietas cuyos contenidos devorábamos en un santiamén. Entre los personajes favoritos, protagonistas de excitantes aventuras, vienen a mi memoria Tarzán, “el hombre mono”, Buck Roger, El Fantasma, Dick Tracy, Superman, y otros más, que nos sirvieron de modelos para desarrollar nuestras infantiles fantasías, que fueron causa de más de un accidente dentro del grupo de párvulos de la familia.
Apoyados por el viejo Lolo, construíamos enramadas sobre los tallos de los árboles, e imitando a nuestro héroe de la selva, ascendíamos hasta ellas por endebles escaleras de bejucos o por el tronco principal. El viejo nos instruía sobre la forma como debíamos asegurar los maderos y recubrirlos con hojas secas de plátano, formando una especie de camilla. En ocasiones, fuimos víctimas de las hormigas, y entonces, cual si fuéramos “hombres monos”, debimos saltar a tierra para escapar de los urticantes insectos, cuya picazón calmábamos gracias a una loción en base de calamina y alcanfor, que –acompañándola de una indescifrable oración-- nos aplicaba el viejo Lolo.
Su esposa y compañera, Juana, maestra graduada en la Escuela Normal, con la cual no concibió hijos, le reprochaba su actitud ante nuestras diabluras:
--Les toleras demasiado a estos niños. Son muy traviesos y no hacen caso a las llamadas de atención --solía repetirle.
Él apenas la miraba de soslayo y con voz pausada le respondía:
--¡Son niños, simplemente niños! --Pronto les pasará esa etapa que jamás volverá. ¿Por qué forzarlos a ser adultos antes de tiempo? --¿Qué más quisiera yo? –se preguntaba, riendo y mostrando su blanca dentadura.
Y como Juana insistiera en las medidas disciplinarias, inclinando su cabeza y frunciendo sus labios, con un deje de nostalgia, le comentaba:
--Mi niñez fue muy triste… no quisiera que ellos la repitieran.
Así era aquel hombre de piel oscura, requemada por el sol del trópico, con quien compartí agradables momentos de mi infancia y de mi adolescencia, cuyo color siempre nos intrigó, pero no porque odiáramos su matiz, sino por que no entendíamos cómo –siendo nosotros de cabellos rubios y piel trigueña--, él podía ser abuelo nuestro.
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