Por Martha Lucía Correa E.
Secretaría de la Mujer, Asmedas Antioquia
En el año de 1231, el Papa Gregorio IX inicia en varios países de Europa tribunales permanentes presididos por jueces inquisidores con el fin de juzgar a todas aquellas mujeres a quienes denomina herejes o brujas (en la antigüedad el termino bruja significaba "mujer sabia") debido a sus conocimientos de plantas medicinales y práctica de la medicina pues, para este periodo histórico, la medicina como profesión masculina no se conocía; a partir de entonces el término "bruja" se satanizó. A los rituales de curación se les denomina aquelarres de brujas y se inicia una despiadada persecución de la Iglesia Católica contra ellas argumentando que dichos rituales curativos eran pactos con el demonio.
La cárcel y las torturas autorizadas por el Papa Inocencio IV, y ratificada más tarde por el Papa Alejandro IV, fueron el preámbulo para una muerte segura en la hoguera de miles de mujeres y aún algunos hombres, durante 500 años, pues las últimas muertes por la inquisición se recuerdan en 1722. También en los años 1500 a 1600 las mujeres indígenas, negras e hispanoamericanas debieron sufrir y morir bajo las torturas de la inquisición. Un gran número de colombianas y colombianos conocemos el palacio de la Inquisición con sus potros de torturas en Cartagena de Indias. Algunos historiadores consideran que hasta 9 millones de mujeres pudieron haber muerto por esta causa en el mundo, perdiéndose así un valioso conocimiento médico históricamente acumulado por las mujeres durante miles de años.
En el año de 1485 apareció el «Malleus maleficarum», o «Martillo de brujas», como manual de la Inquisición, y texto, por así decirlo, explicativo de las diferentes clases de brujas, con las características correspondientes a sus respectivas influencias. Esta obra fue escrita por el prior de los monjes dominicanos, profesor de teología y líder religiosos Jacobo Sprenger quien, con la bendición y el apoyo del Papa Inocencio VIII, fue nombrado inquisidor con todas las facultades.
Si en algo más podemos considerar como original al «Martillo», seguramente será, ante todo, en su rudeza y en la crueldad y en la insania con que se complace en recomendar, en un extenso capítulo aparte, las más variadas clases de tortura. Sólo por ella se podían arrancar las "confesiones" y condenar a muerte.
Ninguno de sus predecesores literarios se había situado tan resueltamente contra la mujer. Llegaba a decir de ella que se distinguía netamente entre los humanos por su acusada propensión al libertinaje y desenfreno sexual y que, como el diablo no se concebía sino con sexo masculino, a la hembra le estaba reservado el comercio carnal con el Malo.
"Estas brujas conjuran y suscitan el granizo, las tormentas y las tempestades; provocan la esterilidad en las personas y en los animales; ofrecen a Satanás el sacrificio de los niños que ellas mismas devoran y, cuando no, les quitan la vida de cualquier manera. Claro está que en estos casos se trata casi siempre de niños aún no bautizados; si alguna vez llegan a devorar a los bautizados, es que lo hacen, como más adelante explicaremos, por especial permisión de Dios." ¡¡!!
Pues bien, el pasado 31 de julio (2004) La Congregación para la Doctrina de la Fe (antigua Inquisición), presidida por el Cardenal Joseph Ratzinger, dio a conocer una carta, previamente aprobada por el Papa Juan Pablo II en la cual se plantea con preocupación que en la sociedad actual "se han delineado nuevas tendencias para afrontar la cuestión femenina". Le preocupa a la Iglesia que una de estas tendencias: "subraya fuertemente la condición de subordinación de la mujer a fin de suscitar una actitud de contestación" y, por lo tanto, "la mujer, para ser ella misma, se constituye en antagonista del hombre".
Según este planteamiento, no está bien denunciar y mucho menos luchar en contra de la situación de subordinación de la mujer y además es infundado el temor de que por esa razón la mujer se constituya en "antagonista del hombre". Lo que realmente pretendemos las mujeres no es antagonizar con el hombre sino eliminar todo tipo de dominación y opresión.
Luego entra al tema de "El Poder", es decir al tema sustancial. Es claro que la Iglesia católica ha sido históricamente uno de los grandes baluartes del patriarcado dominante y que las concepciones religiosas han sido una poderosa arma ideológica para sustentar y mantener la dominación de los poderosos de la tierra y para someter y acallar el dolor de los desposeídos. También a su interior ha sido evidente la situación de subordinación y sometimiento de la mujer frente a los patriarcas y jerarcas de la Iglesia.
Por ello, no es extraño que en dicha carta a los obispos se plantee con preocupación el tema nodal como el hecho de que la mujer: "A los abusos de poder (del hombre) responde con una estrategia de búsqueda de poder" y agrega: "Este proceso lleva a una rivalidad entre los sexos, en el que la identidad y el rol de uno son asumidos en desventaja del otro". Nota por fin la iglesia que no son buenas las desventajas pero lo nota para proteger y mantener las ventajas del sexo masculino.
La consecuencia de esta búsqueda de la equidad por parte de la mujer tiene para la iglesia una "implicación inmediata y nefasta en la estructura de la familia", no lo dice pero es evidente que se refiere a la familia patriarcal. "Para evitar cualquier supremacía de uno u otro sexo, se tiende a cancelar las diferencias". Por supuesto, no se pretenden cancelar las diferencias pero sí eliminar la supremacía del sexo masculino. Pero, para ellos "el obscurecerse de la diferencia y dualidad de los sexos produce enormes consecuencias de diverso orden como el cuestionamiento de la familia de forma natural biparental, es decir, compuesta de padre y madre y, por lo tanto, la equiparación de la homosexualidad a la heterosexualidad". Con esta lógica resulta que las mujeres, por defender nuestros derechos, también nos convertimos en "culpables de la homosexualidad".
La identidad de la mujer, dice, debe basarse en "la referencia a María, con su disposición de escucha, acogida, humildad, fidelidad, alabanza y espera" y agrega: "Se debe recibir el testimonio de la vida de las mujeres como revelación de valores sin los cuales la humanidad se cerraría en la autosuficiencia, en los sueños de poder y en el drama de la violencia". Olvidando que la autosuficiencia, los sueños de poder y el drama de la violencia han sido la constante durante los 5.000 años de dominación patriarcal, empezando por las guerras territoriales emprendidas por Griegos y Romanos, continuando con las cruzadas emprendidas por la misma iglesia y terminando con nuestras terribles guerras del siglo XX y, peor aún, del siglo XXI por los dueños del poder. Las mujeres por el contrario, feministas o no, hemos luchado y defendido la paz a toda costa y jamás en la historia de la humanidad hemos invadido territorios ajenos ni emprendido guerra alguna, con excepciones ocasionales de algunas mujeres dominadas por la ideología masculina.
Las mujeres requerimos participar en las instancias de poder, no para dominar, sino para restaurar un justo equilibrio y en efecto para lograr, tal como lo dice el documento, que el poder del amor triunfe sobre el poder de la fuerza bruta y la violencia.

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