Ventana Indiscreta
Ford Fairlane
(Cuento, segunda parte)
Por Alfredo De los Ríos
Médico Psiquiatra
. Mi amigo me explicó: -Te voy a presentar una amiga muy especial, que no vas a olvidar fácilmente. No es de las que les gusta salir y tomarse unos tragos, ni tampoco bailar o trasnochar. Con ella todo se desarrolla en las escaleras de su casa, que quedan en el lugar más discreto y oscuro, y como ella ya tiene amaestrada a su mamá y a su hermanita, nadie los va a molestar. Si le gustas te puede enseñar lo que quieras, menos acostarse, porque lo que más valora es su virginidad, ya que quiere darse el gusto de llegar así al matrimonio cuando le toque y desea tener muchos hijos-. Todo esto lo recitó como en un sermón de una cruzada moral, entornando los ojos y con actitud de extraña seriedad.
Luego agregó: -Te llevaré una sola vez, y de allí en adelante, te defiendes como puedas-.
En una noche de semana, Hernán Lorenzo me recogió en su Ford Fairlane y nos dirigimos hacia una zona llamada La Mansión, en las estribaciones del tradicional barrio de Villa Hermosa, sector popular y obrero, al norte de Medellín. Con un solo toque del pito, Maria Nubia salió a la puerta de su casa, ubicada en un talud, adonde debíamos subir por medio de unas escalinatas de por lo menos treinta escalones, e hizo gestos con la mano. Bajamos los dos del auto y con su estilo habitual y la respiración entrecortada por el ascenso, Hernán Lorenzo la saludó y le inició una charla con bromas ligeras, diciéndole que le traía un amigo muy culto y buen estudiante, a quien tenía que cuidar como a un tesoro. Quedó de recogerme pasados cuarenta y cinco minutos y me dejó en manos de Maria Nubia -literalmente- como siempre la recordaré.
A esta distancia, en mi memoria no puedo reproducir fielmente una imagen definida de Maria Nubia. No era bonita pero si agradable desde que no sonriera, porque mostraba una prótesis en su dentadura con alambres visibles y los dientes un tanto hacia adentro; lo que para los signos sociales era una muestra de ordinariez y de aquello que nuestras madres expresaban con frecuencia, pero que sólo con algo así lo lográbamos comprender: el concepto de lo mañé . Tampoco de su cuerpo me queda el menor recuerdo porque no fue, sin lugar a dudas, el escenario privilegiado de nuestro encuentro. Emanaba un aroma de un perfume penetrante y barato y, desde el comienzo, tuve el temor de quedar impregnado.
Lo que Maria Nubia ofrecía en calidad de experta eran sus manos: blancas, suaves, expresivas, con dedos largos y elegantes y las uñas perfectamente cuidadas. Yo intuía lo que se debía hacer y comencé lentamente con el rito establecido de conversar y con gran prudencia acaricié sus manos para detectar sus reacciones y mis posibilidades. Ella sonreía levemente y escuchaba atenta mi cháchara introductoria, en la que le narraba la amistad con Hernán Lorenzo, las virtudes del Ford Fairlane y las dificultades con los exámenes de matemáticas que deberíamos presentar en la semana siguiente. Era muy difícil pasar a temas más generales y tampoco a situaciones personales o íntimas. Ella dejaba tranquilamente que yo le explorara con suavidad sus dedos, manos y antebrazos, pero cada vez que me acercaba a su pecho o a sus muslos, con extrema delicadeza, retiraba mi mano y la dejaba entre las suyas, o la apretaba y continuaba con el jugueteo de los dedos.
Me preguntó si me gustaba la música y en particular los boleros y las canciones románticas, le dije que sí ya que uno de los discos que más escuchaba era el L.P. de Los Panchos, donde estaban canciones como "Usted", "Sin ti", "Novia mía" y "Únicamente tú". Pareció alegrarse y luego acercó un radio de transistores y con volumen leve puso una de las emisoras de boleros, que en ese momento emitía "Amigo de qué", cantado por Orlando Contreras que, con frecuencia, yo oía en la cocina de mi casa, en el radio de la mujer que planchaba la ropa, quien iba un día cada semana.
Imperceptiblemente en medio de este jugueteo de manos con fondo de bolero, Maria Nubia acerca sus manos a mi cintura y lentamente, pero con habilidad, me desabrocha el cinturón, desprende el botón de la pretina del bluyín y con la naturalidad de una función mil veces repetida, baja el cierre, e inicialmente introduce su traviesa mano entre mi calzoncillo, en medio del cual estaba un poco perdido con semejante ritual, mi asustada mascota con apenas un débil entumecimiento. Con la otra mano acaricia mi rostro, como la novia más amorosa y, con un ritmo sin igual - recuerdo que mi conciencia se disolvía en la música de Contreras-, ella tañía el instrumento con la maestría y el virtuosismo de una concertista de talento sin par, y cuando el língam estaba ya en su mayor longitud y diámetro a punto de explotar y yo de sollozar, con maniobras especiales lo apaciguaba y volvía a recomenzar el proceso una y otra vez, como siguiendo las más agudas recomendaciones del kama-sutra, hasta que debía suplicarle, casi levantando la voz, que terminara, que ya no soportaba más, que era lo más placentero que mujer alguna me había regalado. Ella, con la misma sonrisa, sin decir palabra, extraía de su bolsillo un pañuelo de seda y afinaba sus dedos con experta operación de masaje y me empujó al primer éxtasis manual, con sus sabias y perturbadoras manos, logrando con ello el primero de una serie que yo hubiera querido inagotable de encuentros que, sin cambiar de formato: el saludo, la conversación, el bolero, el jugueteo de manos, la sonrisa, el cinturón, el cierre y todo lo demás, y por último el pañuelo de seda, duró por más de tres años.
Algunos cambios fueron secundarios para mejorar el estímulo: a veces yo ya tenía la portañuela entreabierta y el botón desprendido; en otras prescindí por anticipado de la ropa interior y, desde momentos antes, la presión del animalucho era más notoria. Adquirí también una suave crema de manos para facilitar la caricia y ella la guardaba sólo para nuestro encuentro. Unos meses más tarde la mano dedicada al rostro descendió sabiamente para complementar la caricia de la otra y pude disfrutar del suave masaje en el resto de mi entrepierna, en el momento de la suprema suerte. Sólo hasta un año después su cabeza participó activamente en el ritual y tomó entre sus labios el dulce pájaro de mi juventud e ingresé, así, al club de los afortunados que pudieron rociar su boca con ímpetu placentero, pese a que jamás me atreví a evocar su prótesis para no desanimar mi éxtasis final.
El guión predeterminado establecía que el cuerpo de María Nubia estaba vedado a las caricias y así no podía acceder a besar su boca, ni sus pechos, ni tenía acceso a los muslos y menos que todo a su entrepierna, porque ella se consideraba virgen y deseaba permanecerlo, pese a que sus manos eran las más promiscuas y expertas; y así, las mías sólo se agarraban al piso, a veces a las ramas de un arbusto del jardín o a los bordes del escalón donde irremediablemente repetimos la función más de cien veces. Como en las tiras cómicas, nunca apareció la madre ni la hermanita. Nadie la llamó al teléfono en esos momentos, jamás dejó de realizar su papel ni mostró rechazo ni fatiga. Tampoco logré abrazarla, aunque lo deseé intensamente en el momento del acmé excitatorio, aunque después del colapso placentero la rechazaba y deseaba salir de allí rápidamente.
 La costumbre era que la visita sólo podía durar una hora a lo máximo, casi nunca la ceremonia se extendió más de tres cuartos de hora. Sólo me aceptaba una vez a la semana, el mismo día y hora. Yo sabía que muchos hombres jóvenes y viejos, solteros y casados, tenían cita en sus respectivos horarios y sólo rara vez, cuando en mi auto yo salía, me percataba de que el siguiente llegaba. Ella hacía su oficio de "amanuense" nocturna de siete a diez, un promedio de cuatro a cinco hombres por noche, de lunes a viernes; no aceptaba repeticiones en la misma semana, no pasaba al teléfono y sólo a veces ella era la que me llamaba en las tardes y me decía: -¿Cómo estás? Te espero el próximo martes, a nuestra hora...
Nunca recibió dinero, sólo regalos, joyas verdaderas o de fantasía, algún perfume y, especialmente, mucha gratitud. No supe qué hacía y cuántos pañuelos de seda poseía, siempre estaban limpios y con aroma de alguna loción; en algunas ocasiones utilizó el que yo llevaba.
Jamás me enteré de la vida corriente de la dueña de esas manos, ni de sus costumbres familiares y de qué manera sus parientes tenían alguna complicidad con sus prácticas. Nunca expresó sus fantasías ni supe si se masturbaba o evocaba lo que hacía, en su tiempo libre. Tampoco tuve noción sobre sus fuentes económicas, porque no parecía trabajar, ni en su escasa conversación apareció la de una figura paterna o la de hermanos mayores.
Desde varios ángulos esa extraña relación tuvo una gran importancia en mi vida: fue un hábito que no pude dejar en casi cuatro años, toda la semana esperaba el momento del encuentro, aunque cuando terminaba sentía extremo fastidio; me alejé de la prostitución corriente y de sus riesgos, y aunque aquí era una relación de puro placer, había una cierta confianza y casi ningún riesgo de contaminación o violencia. La masturbación adolescente -la "paja" más coloquialmente- que antes de esa experiencia se me había vuelto un problema moral y me causaba gran malestar, desapareció casi por completo, porque si tenía deseos de practicarla, lograba aplazarla ya que estaba convencido que no tenía un goce más refinado que aquél y me daba más motivos para volver; en algunas ocasiones, debo reconocerlo, me masturbé con el estímulo de los recuerdos de la experiencia, que más que en la persona, estaba concentrado en sus manos.
No recuerdo en qué momento dejé de asistir a las citas; quizás alguna novia ofrecía nuevas experiencias, aunque realmente no creo que en la misma dimensión placentera, sino a lo mejor en un nivel amoroso y personal. Y esta condición era necesaria, porque Maria Nubia era una especie de robot sin corazón, ni vulva ni senos; era unas manos y a veces una boca, que me hicieron disfrutar, como la que más, no puedo olvidarlo, pero que también, por la ausencia de afecto y comunicación, me señalaron el valor de la relación amorosa con todas sus contradicciones. Sí, no temo confesarlo, era una máquina masturbatoria, pero así me tocó en aquella época y no pude dejar de vivirlo y ahora de recordarlo, sin pesares, como un vocablo que ya no utilizamos.
Muchos años después -yo ya había terminado mis estudios universitarios- la vi en un supermercado, con cara de señora corriente, un poco gorda y en el carrito llevaba un niño de unos cuatro años y la seguía una niña de, por lo menos, seis o siete, que jugueteaba con las mercancías. Creo que no me vio o no me reconoció y esa noche y otras más evoqué con agrado sus manos y las sensaciones que me procuraron.
Volví a recordar a Hernán Lorenzo y a su Ford Fairlane y también a nuestro Chevrolet Bel-Air. Por pura casualidad, hace poco volví a escuchar en el radio de mi carro la canción de Orlando Contreras, que inauguró aquellos encuentros inolvidables.
Si le cuento a mis hijos la manera como se dio mi iniciación en los juegos de la sexualidad, pensarán que soy una especie de extra-terrestre o que me crié en una época ya olvidada.

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